LA GRAN MUTACIÓN
Javier Ruiz Portella
Antes de nada, cuando aún resuenan en esta sala las palabras claras, hermosas, definitivas, que nos ha dirigido Álvaro Mutis, quisiera que fuera hacia él nuestro saludo caluroso y emocionado. Hacia este Álvaro Mutis que desde el primer momento en que el Manifiesto llegó a sus manos, no sólo le concedió todo su entusiasta apoyo, sino que tuvo a bien lanzarlo y promoverlo junto conmigo.*
Del Manifiesto contra la muerte del espíritu, de esta cosa que pretende ser descaradamente anticonvencional, rompedora, voy a hablar con unas primeras palabras que acaso pudieran parecer convencionales: dando las gracias. Pero no hay convención. Los agradecimientos que he de expresar son, de verdad, tan hondos como sinceros.
Gracias, en primer lugar, a José Luis Abellán, a Alejandro Sanz y a todo el Ateneo de Madrid por la forma, espléndida, con que nos acogéis. Gracias también a todos los intervinientes, tanto en la Mesa Redonda de hoy como en las de los próximos días. Gracias sobre todo a quienes -ya sois más de 650, incluidas destacadas personalidades de nuestras artes y letras- habéis expresado vuestra adhesión a esta iniciativa. Gracias, de manera especial, a Ahmed El Abdellaoui, traductor del Manifiesto al árabe y que ya ha obtenido su publicación en dos importantes revistas (con lo cual, después de la traducción efectuada al francés y de la que saldrá de poco al inglés, el Manifiesto ya existe en cuatro idiomas). Y gracias, por último, de modo aún más particular, más cercano, a todos los que, hoy aquí, nos arropáis con vuestra presencia.
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Una iniciativa como la del Manifiesto tenía, en primer lugar, una finalidad muy sencilla, muy elemental: contarnos. Saber si la soledad en medio del desierto ("crece el desierto", decía Nietzsche) era absoluta, completa o, por el contrario, no tan inmensa como puede a menudo parecer.
La soledad -esto al menos ya ha quedado claro- es hoy mucho menor que ayer. Un acto como éste que nos reúne, lo demuestra también.
¿Qué es lo que esencialmente nos reúne? ¿Cuál es el sentido de este malestar que se condensa en un grito desgarrado: "Contra la muerte del espíritu"? Una muerte aún no del todo consumada, por supuesto: de lo contrario, ni siquiera podríamos estar hablando.
¿Qué cosa tan extraordinaria sucede para que se imponga lanzar semejante grito? Lo que sucede tiene nombres muy claros, pero que pocos pronuncian. Álvaro Mutis, en las vibrantes palabras que acabamos de escuchar, utiliza uno de estos nombres: habla del limbo en que vivimos. El término que yo voy a usar se refiere al proceso que conduce al limbo. Este término es el de mutación: la Gran Mutación que, iniciada hace un par de siglos, estalla en todo su apogeo en los últimos cincuenta años. La Mutación que transforma las fibras más íntimas de nuestro ser, que transfigura todo el conjunto de nuestros valores, postulados, creencias. La Mutación que, como su nombre indica, convierte a nuestros contemporáneos en seres mutantes.
Hablar de mutación significa hablar de un antes y un después. Significa hablar del pasado, de la Historia. De esta cosa cuya conversión en una curiosidad exótica o en una mera Asignatura (cuando aún lo es), nos muestra ya el primer rasgo de la Mutación en curso. "El pasado ya pasó, no es nada, no cuenta", dicen los mutantes. O sólo cuenta como objeto de museo. "Salvo unos cuantos objetos de arte, el pasado no está hecho más que de atraso, miseria, oscuridad", añaden engreídos. Los mutantes se creen autoengendrados, reniegan de nuestros muertos, los condenan al olvido , a ese mismo olvido que los envolverá a ellos dentro de nada. Los mutantes pretenden "hacer del pasado tabla rasa" (como dice el Himno totalitario aquel), anhelan vivir cuatro días sobre una página en blanco. Olvidan que los hombres -como señala Alain de Benoist- llegamos al mundo como herederos; como herederos que disponemos, es cierto, de nuestra herencia, pero herederos al fin.
La negación del pasado: he ahí el primer rasgo de la Mutación. Pero hay más rasgos, más cambios, por supuesto. Hay, sobre todo, cambios que son mucho más que un cambio.
Que cambie el mundo, que se transformen las visiones -el conjunto de postulados y valores- que le dan sentido: nada de esto constituye novedad alguna. Sin ello no habría Historia. Entre lo que era un hombre pagano de Atenas o Roma, y lo que era un cristiano medieval; o entre éste y lo que era un hombre del Renacimiento o del Barroco, las diferencias son abismales. Y, sin embargo, algo profundamente común los unía a todos. Lo que les movía, lo que daba sentido a su vida, luz a sus días, esperanza a sus penas, impulso a sus afanes, consuelo a su muerte, era, como mínimo, similar. Lo buscaban, es cierto, de mil maneras distintas -antagónicas, incluso-, pero en el fondo les movía siempre una misma inquietud. Buscaban una respuesta a la única pregunta que en verdad importa: ¿por qué vivimos?, ¿qué significa esa vida prometida a la muerte?, ¿qué sentido tiene existir: existir nosotros y existir el mundo, existir los hombres y existir las cosas?
No eran desde luego filósofos, no eran artistas la mayoría de nuestros antepasados. Aunque el arte impregnaba aquel mundo que desconocía los museos, sólo unos escogidos -como ha de ser- se debatían abiertamente con tales preguntas: la pregunta del asombro, la pregunta del ¿por qué? Tal pregunta No, tal pregunta no. La inquietud subyacente a la misma era lo que constituía el horizonte a partir del cual los antiguos se lanzaban a guerras, forjaban religiones, alzaban templos y monumentos, conquistaban tierras, expandían civilizaciones, celebraban cultos y fiestas, se reconocían en ceremonias, entonaban cánticos, recitaban romances, contaban leyendas, vivían y morían en una comunidad de vivos y muertos.
¿Por qué ya no lo hacemos? ¿Por qué carecen hoy de todo sentido cosas tales como alzar templos y monumentos, practicar cultos, recitar romances, celebrar ceremonias, honrar la memoria colectiva de nuestros muertos, plasmar el arte -el culto y el popular- en el corazón mismo de la Ciudad?
Por debajo de tales cosas palpita una inquietud: ¿por qué vivir?, ¿por qué morir?, ¿por qué las cosas?, ¿por qué los hombres?, ¿por qué esta asombrosa cosa que es "existir"? Tal es la inquietud que desaparece en la Gran Mutación , en esta metamorfosis de la que ni siquiera parecemos percatarnos, pero de la que sí se percató, sí la intuyó aquel escritor cuyo nombre se ha convertido en adjetivo y que nos cuenta el kafkiano suceso de un cierto Gregor Samsa que un buen día se despertó trasformado en escarabajo.
Aún no somos todos escarabajos. El sentido de las cosas, el destino del mundo aún despierta alguna que otra inquietud. Aún es posible ver formulada tal cuestión en alguna que otra filosofía, aún pueden vibrar en torno a ella tales o cuales creyentes, aún puede latir su misterio en tal o cual poema, estremecernos en tal o cual creación artística. Pero nada de esto concierne a nuestra sociedad. No es éste su horizonte. Ni la emoción ante la vida, ni el sobrecogimiento ante la muerte es lo que interesa, mueve, impulsa a los mutantes que deambulan por nuestro limbo.
¿La muerte? Tal parece como si el hombre nuevo no se fuera a morir jamás. Tal parece como si los mutantes ya hubieran perdido conciencia de la muerte. Los escarabajos, es cierto, tampoco la tienen.
La pregunta que mueve al hombre nuevo no es: "¿Por qué?". Es: "¿Con qué?" ¿Con qué obtener más cosas, más bienes, más productos, más rapidez, más eficacia, más velocidad, más felicidad? ¿Con qué instrumentos satisfacer más y mejor nuestras necesidades?
¿Qué necesidades? No las espirituales. Única y exclusivamente las materiales. Las de la sobrevivencia. La necesidad de que el organismo se mantenga más, mejor, más cómodamente en vida. Asunto este en el que hemos efectuado, qué duda cabe, los más espectaculares progresos que imaginar se pueda. La pregunta es: ¿a qué precio los hemos efectuado? ¿Tiene sentido vivir el doble de años, si es para morir -para vegetar- en vida? ¿Tan desventurada es nuestra especie que, cuando consigue llenarse por fin la panza, se le queda vacía el alma?
También los antiguos satisfacían, por supuesto, sus necesidades materiales. Las satisfacían infinitamente peor. Reconozcámoslo tranquilamente, pues no se trata de hacer aquí ningún panegírico del pasado. Desde siempre, en todas las épocas, los días de los hombres han estado marcados por cosas tales como el dolor, la penuria, la infamia, la maldad Por supuesto. Lo único que estoy diciendo es: cualesquiera que fueran las desdichas de los tiempos pasados, nunca dejó de anidar, por encima o por debajo de ellas, la cuestión del sentido. La cuestión del espíritu, si preferís: esta cuestión hoy desvanecida.
Lo veremos más claro retomando el hilo de lo que estaba diciendo. Decía que también los antiguos se interesaban por las cuestiones materiales. También ellos se preocupaban del sustento y la salud. También ellos trabajaban, intercambiaban productos, bienes, dinero ¡Faltaría más! Pero el homo conomicus no era entonces el paradigma de la humanidad. La economía, la fabricación de objetos, era tan sólo un instrumento, un medio. La dimensión material de las cosas no era lo que les daba sentido. Al contrario , se lo quitaba. Contrariamente a lo que la moral calvinista ha destilado en nuestras almas, no se creía entonces que la vida se viera dignificada por el trabajo: esta palabra que viene de tripalium: un instrumento de tortura. El dinero, aunque codiciado, era "el vil metal". El trabajo no dignificaba nada. No porque dinero y trabajo fueran considerados inútiles. Al contrario, porque sólo eran -y sólo son- útiles; porque su reino es el de la mera necesidad.
El reino de la necesidad, de la utilidad. El de la satisfacción de las necesidades naturales, orgánicas. El reino de lo físico, de lo biológico. El reino -hablemos claro- de la animalidad.
Como todos los grandes novelistas, Franz Kafka no inventaba estrictamente nada. Los escarabajos están ahí. La animalidad convertida en el más alto destino de la especie humana: tal es la Mutación que sobre nosotros se cierne. Entre un animal y uno de esos mutantes que no persigue en la vida otro objetivo que sustentarse, distraerse y mantenerse: entre ambos, la diferencia ya no consiste en los objetivos perseguidos. Estriba en los medios desplegados para conseguirlos.
La animalidad, la materialidad como horizonte existencial Y a partir de ahí, todo lo demás. A partir de ahí, la vulgaridad de nuestras casas, la fealdad de nuestras ciudades, la abulia de sus habitantes, la muerte del arte, el arte muerto por tantas imposturas, el arte (el que aún queda) oculto bajo una hojarasca de nadería, la hojarasca del gran circo mediático, la nadería del consumismo, la dominación de los medios de adiestramiento de masas. Etcétera.
El Gran Tinglado, la Gran Megamáquina, en fin. La colosal maquinaria que, hasta hace algún tiempo, aún tenía, sin embargo, algo como un proyecto, una ilusión, un aliento. Aliento podrido, pero aliento. Cuando la modernidad aún se movía ilusionada en torno a su Gran Proyecto de un Progreso que de todo debía dar Razón -cuando los futuristas, por ejemplo, aún podían escribir poemas en loor de una máquina-, todavía algo como el espíritu, aunque degenerado y pervertido, movía al mundo.
Pero el Gran Proyecto moderno se acabó. Como apunta José Javier Esparza en su Curso general de disidencia, no nos mueve hoy Proyecto alguno. La Megamáquina sigue funcionando, es cierto. Incluso lo hace cada vez más embalada , pero girando en el vacío, como llevada por una inercia ciega. Lo único que la mueve es la cantidad. Más objetos, más productos, más rápidos, más eficaces, más distracciones, más sexo, más viajes Más viento, más nada.
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Tanto el poderío como el arraigo de la Megamáquina son impresionantes. Y, sin embargo, detrás de ella sólo hay viento. Hay, es cierto, millones de aparatos, máquinas, productos: sólidos, consistentes, tangibles , pero cuyo sentido es nada. Los mueve la falacia de una ilusión: la de reducir el hombre a su naturalidad animal, la de satisfacer sus necesidades naturales. Unas necesidades que, en su mayoría, son artificiales: están creadas por la misma dinámica interna de la Megamáquina, por el desbocado impulso de ese Tinglado movido por el mayor de los artificios, por la más falaz de las ilusiones. Ni siquiera es una máquina, en realidad. Es sólo un trasto. Un inmenso, apabullante, pero vulgar Megatrasto. Ahí está toda su debilidad.
Lo que mueve al mundo es una ilusión Ahora bien, tal cosa -me diréis quizás- no constituye, en el fondo, ninguna novedad. Es cierto. Siempre los hombres han buscado el sentido de la existencia en ilusiones, en construcciones imaginarias. Antaño, eran las de la religión; ahora, las del Megatrasto. Sucede, sin embargo, que las ilusiones de hoy nos sumergen en la animalidad, mientras que las de ayer nos alzaban hacia la divinidad. Ésta es la gran diferencia. Una diferencia tan considerable como la que media entre la vida y la muerte, entre el sentido y el sinsentido.
Otra diferencia es que la religión sólo en parte se sustenta en creaciones imaginarias. La religión daba cuenta de la dimensión trascendente del ser de las cosas, reflejaba esa trascendencia -ese milagro constitutivo del ser- que es, por lo demás, inseparable de la inmanencia del mundo. De un mundo cuyos habitantes, hoy, ni siquiera intuyen, por supuesto, qué cosa pueda ser la trascendencia o lo sagrado.
Dejemos de lado -el tiempo apremia- las múltiples implicaciones que suscita lo que acabo de apuntar sobre las relaciones entre trascendencia e inmanencia. Volvamos al Megatrasto. Su inanidad es manifiesta, su engaño también. Las necesidades naturales que satisface todo este Gran Tinglado son, en su inmensa mayoría, artificiales. La libertad que ofrece es la de un mundo cuyo sentido máximo es el de una esclavitud: la del trabajo , ese instrumento de tortura. La racionalidad con que se vanaglorian los mutantes no sólo conduce al sinsentido: lleva a abolir la inquietud misma por el sentido.
Todo ello es manifiesto, salta a la vista Pero nadie lo ve. Los ojos están tapados por la inmensa hojarasca cuyos nombres son: "bienestar", "racionalidad", "libertad", "felicidad" La felicidad bobalicona de que nos hablaba Álvaro Mutis. Una felicidad que nada tiene que ver, desde luego, con los padecimientos del infierno.
¡Si al menos estuviéramos en el infierno! Las cosas, entonces, serían más claras, más sencillas. Pero no: estamos en el limbo, como dice don Álvaro. Lo cual es mucho peor. En el limbo no duele nada porque él mismo es la nada. El limbo es esa cosa fofa, sosa, hasta sonriente como la sonrisa de un idiota. No es fácil desenmascarar el limbo. Su maldad no es manifiesta: aquí no hay mazmorras, torturas, cadenas O, mejor dicho, las cadenas son casi invisibles: se las ponen, sonriendo, los propios esclavos. Las coartadas del Gran Tinglado son ingentes; su eficacia, infinita. Por esto cuesta tanto darse cuenta de que estamos en el limbo. Por esto también toda esta Gran Parafernalia que nos ahoga nos puede parecer, a nosotros mismos, como un coloso imposible de abatir.
Un coloso con los pies de barro, sin embargo. Un coloso tan desharrapado como aquel rey al que un día alguien le gritó que estaba desnudo.
Nadie lo grita. Por esto el coloso, hasta que alguien se lo grite, parecerá vestido de acero. Gritarlo es nuestro deber. Saberlo -saber que debajo de la Gran Parafernalia sólo está la nada- constituye nuestra fuerza. La de quienes tenemos la plena certeza de que estas cosas elementales que nos aglutinan son verdad; y las contrarias, mentira.
Mirad , y con esto concluyo. Muchos, desde que el Manifiesto echó a andar, me habéis formulado una pregunta tan legítima como angustiosa: "¿Qué hacer? ¿Qué hacer para impedir la devastación?" A ello respondo: gritar. Gritar con fuerza que el rey está desnudo. Gritar a los mutantes que la animalidad no es el paradigma de la humanidad. Gritarles -sobreponiéndonos al estrépito de sus motores, venciendo el ruido de sus "músicas"- que hemos llegado muy lejos, al borde del abismo. Pero que aún podemos no despeñarnos.
Tal vez nuestra salvación esté en haber llegado tan lejos. A veces, cuando se llega al borde del abismo, un último arranque de lucidez permite evitar la caída final. La inminencia del vacío hace posible que se ponga de manifiesto lo hasta entonces ocultado. Tal vez por ello es por lo que Hölderlin decía aquellas palabras tan enigmáticamente hermosas:
"Ahí donde anida el peligro,
Ahí también crece lo que salva."