CRISIS Y RENACIMIENTO
Carlos Martínez-Cava
Decía Malraux que "El siglo XXI será religioso o no será".
Hablar de la "Muerte del Espíritu" en una época en la que reina el laicismo, en un estadio histórico en que se anuncia "El fin de la Historia" (ese reinado del "último hombre" nietzscheano) es un acto de subversión de los valores.
Se ha dicho de antiguo que sólo la verdad es revolucionaria, pero nadie -en estos tiempos-- ha alzado la voz desde tribuna autorizada para explicar a la opinión pública, para denunciar un hecho tan grave como trascendente cual es que la Modernidad ha causado la muerte del espíritu.
Ante la aparente afonía de los intelectuales -aquellos que debían liderar el orden moral de las cosas en una sociedad sana-- debemos romper el silencio por el peligro y cerco al que hemos sido sometidos. Hablaremos de la crisis espiritual que nos atenaza en Occidente y de su significación en España, sin que el hecho de pronunciar el nombre de nuestra tierra haya de ser aprobado, impuesto o depuesto por cualquier discurso político correcto, porque ello sería la prueba de la coacción a la que nos someten.
Por eso, porque no hay peor forma de esclavitud que la del esclavo que se cree libre, abriremos el libro de las ideas, sacaremos el alma en busca del Ser en esta noche del espíritu para buscar la Luz de la Aurora.
Creemos que la obligación de los intelectuales, cuando se inclinan sobre problemas políticos o metapolíticos, lejos de seguir las consignas publicitarias del momento, es pensar los fenómenos, explorarlos en toda su profundidad y tratar de obtener como fruto determinado conclusiones para el bien común de nuestros pueblos.
El fenómeno que nos incumbe pensar es si la esencia del Espíritu puede vivir en la sociedad moderna o, por el contrario, hemos instaurado un sistema que aleja esa posibilidad. Porque si consideramos como buena la concepción que estima que cuerpo y espíritu, individuo y comunidad, y comunidad y naturaleza han de formar una unidad en el Ser, realmente estaésta filosofía no es la que hoy impera.
Hoy el Hombre Moderno, ese ser sin raíces, oscila entre las cimas técnicas de la civilización y los abismos de la barbarie. Aquella frase sobre la "muerte de Dios" (hoy el Papa habla de su silencio) fue la confirmación del hundimiento de los valores.
Dostoyevsky expresó esa idea (profética en una tierra en la que iba a surgir uno de los totalitarismos del siglo pasado más devastadores) diciendo: "Si Dios no existe, todo está permitido".
La realidad hoy es que toda referencia a la trascendencia ha desaparecido de la vida humana. No hay más norma que aquella que prima el interés individual y la tranquilidad material.
El Manifiesto que nos une y nos ha convocado aquí dice en uno de sus párrafos más preclaros:
"[ ] Producir y consumir: tal es nuestro santo y seña. Y divertirse: entretenerse en los pasatiempos (se denominan con acertado término: "actividades de ocio") que la industria cultural y los medios de comunicación lanzan al mercado con objeto de llenar lo que, sólo indebidamente, puede calificarse de "vida espiritual"; con objeto de llenar, más propiamente hablando, lo que constituye ese vacío, esa falta de inquietud y de acción que la palabra ocio expresa con todo rigor.
A ello se reduce la vida y el sentido del hombre de hoy, la de ese "hombre fisiológico" que parece encontrar su mayor plenitud en la satisfacción de las necesidades derivadas de su mantenimiento y sustento [ ]"
Es procedente plantear, por tanto, la cuestión de si el Espíritu es necesario; si consideramos que éste ha de estar presente en nuestra existencia y el valor que se le ha de dar al mismo en nuestra relación con la Comunidad y a la esencia misma de ésta.
Consideramos que la pérdida del sentido espiritual, del sentir de lo sagrado en nuestra vida hace de ésta -en palabras de Gustave Thibon-- un fluir absurdo, un mero suceder cronológico que desemboca en la fatalidad de la muerte. Es, además, uno de los graves síntomas del empobrecimiento de las almas y de la disolución de las sociedades.
Si bien fue Nietzsche el que habló de la "caída de valores" y de la "decadencia occidental" y al preguntarse por la causa de todo ello, afirmó que era el Nihilismo y que de todo ello habría de surgir la figura del "Superhombre", hay que remontarse más allá en el tiempo y en la historia de las ideas para buscar el nacimiento del malestar, para llegar a ver que la quiebra surge tras Sócrates, cuando se comienza a pensar que lo sagrado ya no está en el Mundo, que Dios actúa desde fuera y según su voluntad. Cuando se comienza a pensar que ya no hay sacralidad en las cosas terrenales, que éstas no son en sí mismas santas.
Se quiebra el espíritu cuando se deja de sentir que la Tierra se hallaba encantada por lo sagrado. Ocurre esto cuando se ve al hombre como algo radicalmente distinto de Dios. Se ve condenado al trabajo, nace la reprobación a la ciudad (idea hebraica que veremos en el cristianismo en su condena a Roma) y con ello, se condena el arraigo, el vínculo sagrado que unía al hombre con su Comunidad.
Y aunque, si bien, la Edad Media supuso un interregno en el camino hacia el individualismo absoluto, por lo que tuvo de pervivencia de vínculos comunitarios, de continuidad de la Idea indoeuropea -romana, si queremos llamarla así- -de Imperio, entendido éste como Comunidad Cultural Polifónica, del que ese período cristiano-céltico fue, quizá, el más provechoso, la Modernidad continuó su avance en el Renacimiento en donde se consagra el fatal equívoco entre humanismo e individualismo.
Y con el individualismo nace el capitalismo (en tierra protestante y "a mayor gloria de Dios" como dijo Esparza) que rompe la relación del hombre con el Mundo, convirtiéndolo en espacio de rapiña y producción desaforada.
En las antiguas costumbres campesinas se observaba la costumbre de bendecir la tierra en clara pervivencia de ese sentir de unión con ella;, el capitalismo y la modernidad acabaron con eso e instauraron el instinto predatorio que ha imperado desde entonces. El individualismo condena la tierra y crea las condiciones para el desarrollo de la técnica que, ausente de alma, vacía nuestras vidas interiores, llenándolas de dependencias y superficialidades.
Pensamos con Heidegger que toda la metafísica occidental ha sido una progresiva ruptura:
- Separar a los hombres de los dioses.
- Separar a los dioses de la tierra.
- Separar a los hombres de la tierra.Por eso el camino de recuperación del Espíritu pasa por volver a repensar lo que los griegos antes de Sócrates pensaron y reencontrar el Ser. Se trata de volver a pensar los vínculos que religan la tetrametría primordial: los hombres con los dioses, el cielo y la tierra. Instaurar una nueva Jerarquía en la que la Técnica dependa de la Cultura y de los Valores y no a la inversa como ahora sucede.
Pero ese volver a pensar, esa toma de conciencia de lo que ocurre y de lo consideramos ha de llegar a ser, pasa por designar al enemigo.
Pero el enemigo ya no es el comunismo, ni el derrotado fascismo. El enemigo es esa conjunción de individualismo, igualitarismo y universalismo moderno. Ese igualitarismo universalista que ha hecho creer que toda especificidad cultural, histórica o de otra naturaleza es una amenaza para el orden mundial, o más bien para el expansionismo económico del capitalismo. Ese universalismo que ha provocado la huida de los dioses, pues éstosestos eran enemigos de la producción sin límite, del desarraigo, de una jerarquía de valores no basada en el mero rédito material.
Es muy común ese sentir que se expresa en la frase: "vivimos mejor que nunca, pero nos sentimos peor". Es la manera de formular un vacío interior en directa proporción a la evolución técnica de nuestras sociedades. Vacío que se expresa también en lo ampuloso que nos suenan ya palabras como "fraternidad, búsqueda de la felicidad, etc."
Pero quizá ese "vivimos mejor" nos ha seducido, haciéndonos olvidar todo lo demás, aunque la cuestión es que ese olvido nos conduce al vacío y a la náusea, a la búsqueda alocada de sustitutos en la sociedad de consumo que nos anestesien el dolor.
Como decía Isidro Palacios,
"[ ] El problema de nuestra era apocalíptica no consiste en resolver o descubrir la victoria de un grupo o de una fracción sobre otra; tampoco se centra en reactualizar las guerras de religión. Paganos y cristianos, budistas y shintoístas, musulmanes e hindúes, deben procurar alianzas a fin de recuperar la herencia de lo sagrado y de la unidad que a todos pertenece. Una tregua profunda se impone, para que quienes antaño se han enfrentado en luchas ideológicas. [ ]
Es saludable restablecer la dialéctica "amigo-enemigo", pero reenviando su foco al plano metafísico, donde siempre estuvo. De esta forma se reducirán en extremo la conflictividad, el odio y la violencia ciega en el ámbito de los seres humanos.
El hombre ha censurado a Dios y al Diablo para divinizar sus causas humanas y diabolizar a sus enemigos. El guerrero antiguo nunca consideraba al "otro" un diablo o un demonio, sino su "alter-ego", su rival:: "el vecino del otro lado del río"
¿Por dónde pasa la solución a esta muerte en vida, a este vacío existencial que nos asfixia?
Ya no cabe fundar nuevas religiones, ni resucitar el Olimpo, por mucho que deseáramos vivir como los héroes de entonces. Dios ha muerto, los dioses se han retirado.
Si lo divino un día apareció fue por obra de la poesía y la filosofía. Sólo por la palabra humana en su más alto esplendor lo divino se fue liberando. El primer antecedente es Homero, poeta de dioses y de héroes, luz de una civilización eterna.
La estancia de lo sagrado preexiste a cualquier invención, a cualquier manifestación de lo divino. Preexiste y persiste siempre, es una estancia de la realidad, de la misma vida. Y la acción que el hombre realiza es buscar un lugar donde alojarla, darle forma, nombre, situarla en una morada para así él mismo ganar la suya, la propia morada humana, su espacio vital.
Definir los dioses, como dice María Zambrano, es inventarlos como dioses, mas no es inventar la oscura matriz de la vida de donde esos dioses fueron naciendo a la luz. Sólo en la luz son divinos; antes eran sagrados. Porque lo sagrado es oscuro. No está enseñoreado de espacio ni de tiempo; es el fondo oscuro de la vida, secreto, inaccesible. Es el arcano. Y todo lo que rodea al hombre y él mismo es arcano.
Es necesario tener dioses. Lo sagrado ha de revivir. El hombre sin dioses está cerrado y perdido en un contorno vacío, sin camino. Un mundo desacralizado es la Tierra sin Rey.
Los dioses han de presidir los sucesos del alma y de las comunidades. Han de conducir a la Ley, entendiendo por ley el lugar común donde se está con los demás.
Todo engrandecimiento de una comunidad, de un Estado (Egipto, Grecia, Roma) ha ido acompañado de los dioses que le han abierto camino y han mostrado esa luz a los que estaban vacíos.
¿Qué nos queda, en esta desolación, en este mundo en ruinas? En nosotros permanece la llama de un mundo orgánico, de una cosmovisión que nos habla de la herencia y de la tierra, de la tradición en una comunidad reconciliada con la Naturaleza.
Pensadores como Alain de Benoist nos sugieren "acabar con la separación entre hombre y mundo, abolir la disociación inaugural y lo que le ha seguido, retroceder hasta el punto donde el hombre y el mundo pueden aprehenderse en la religión común de una mutua presencia; sólo así, entonces, podrá elevarse de nuevo el alba de lo sagrado".
Pero lo cierto es que la perspectiva de ese Nuevo Orden Mundial que nos han dibujado desde los altos despachos financieros no es nada halagüeña. Esa "Pax Americana" del César Bush recuerda a la idea de Kant de la "paz perpetua". Pero esa paz requería la eliminación de todos aquellos que ese opusieran a ese Imperio Universal de la razón moderna.
Podemos preguntarnos con Max Weber de dónde viene ese totalitarismo moderno. Y decir con él que la razón técnica exige la constitución de una "razón universal", de una verdad única impuesta al mundo en nombre del desencantamiento del mundo. Y en este proceso se exterminan los últimos restos de lo sagrado que todavía permanecían.
En esa instauración de la "razón universal" se produce una guerra de dioses: los Titanes (que diría Junger) contra los viejos dioses de los pueblos arraigados y tradicionales. Y no es una guerra cualquiera, pues exige la total aniquilación de esa antigua visión. Y la extensión del hipermercado mundial es la confirmación de esa idea.
Frente a la guerra de dioses, es mejor la paz de dioses, considerar las fronteras no como territorio de comercios a expandir sino, como decía Heidegger, lugares de encuentro y de abrazo común entre pueblos orgullosos de su identidad. Pueblos que entre sí establezcan una paz olímpica, como decía Isidro Palacios, en los que los valores caballerescos sean el patrón de conducta.
El renacer de lo sagrado se encuentra ahí, en el respeto por la identidad del otro. Es la identidad la que define el alma de cada uno, la que nos enseña cual es nuestro ser más profundo. Y precisamente la conciencia de la propia identidad la que nos faculta para abrirnos al otro.
En ese razonamiento podemos decir que nosotros españoles, europeos, occidentales, ya no sabemos qué significa ser eso, porque hemos convertido la Historia en Museo que visitar, no en lugar donde transitar y reactualizarnos. Ya no encontramos en la Historia, la continuidad de nuestra Comunidad como ser en el que habitamos con los muertos que nos precedieron -y a los que escuchamos- y lugar en el que vivir para los que vendrán. Por eso nosotros ya no sabemos quienes somos. Y ya no somos occidentales. Lo occidental es sólo una parte del proceso histórico de Europa, hoy identificada con el proceso de imposición de un abominable orden técnico a escala planetaria.
Occidente hoy es un proceso de ocaso. Occidente es el lugar donde el Sol se pone. Pero más allá y más acá de Occidente, al otro lado del Sol que se pone, quedamos los europeos con nuestra herencia y nuestra identidad. Y por ello trabajamos por recuperar nuestra identidad, reinventando nuestra herencia.
Trabajamos por el retorno del Sol. Por eso en la inminencia del solsticio de Invierno encendemos velas en la noche en homenaje a los que ya no están, a los familiares ausentes y a los descendientes que recogen nuestra herencia. Simbolizamos en ello la luz que recibimos y queremos transmitir. Y situamos un abeto en nuestro hogar, como reconocimiento a las raíces de vida y de historia en las que nos reconocemos.Porque creemos con Vintila Horia que "TODOS LOS IMPERIOS CAEN Y QUE SOLAMENTE PERVIVE EL IMPERIO ETERNO DEL ESPÍRITU" deseamos que nuestros dioses -que son de paz y no de guerra- nos asistan
Que así sea.