ESPÍRITU: PENSAMIENTO Y PALABRA
por Alejandro Sanz
Se hacía necesario un texto como el que estamos debatiendo en estos días por varias razones, todas ellas de peso e innegables. Y yo -antes que nada- quiero agradecer como presidente de la Sección de Literatura de esta casa, a mi amigo Javier Ruiz Portella y a Álvaro Mutis, el que hayan contribuido tan oportuna, certera y líricamente a despertar con él consciencias. Es un primer paso, intelectualmente hermoso y meritorio.Antes de dar la palabra a mis queridos invitados y amigos, el abogado y ensayista Carlos Martínez-Cava, vicepresidente del Proyecto Cultural Aurora, y a Rodolfo Vargas, historiador, teólogo, promotor y director de la Asociación Cultural Roma Æterna -dedicada a impulsar la cultura clásica de la antigüedad-, quiero yo también hacer públicas algunas de las reflexiones que me ha suscitado este Manifiesto contra la muerte del espíritu. Todos ustedes seguro que ya lo han leído y es más que probable también que lo hayan suscrito. El hecho de que estén hoy aquí es señal inequívoca de que el tema les interesa profundamente o les provoca curiosidad. Ambas cosas son esperanzadoras. Y lo son porque aunque el Manifiesto "no pretende apuntar medidas, plantear acciones o proponer soluciones", sí creo que está aunando sensibilidades. Y eso ya es un gran paso: que el hombre tome consciencia profunda de la triste realidad humana y social en la que vive, del vacío ético y estético que padece, del salvaje y deshumanizado hedonismo que persigue. Se apunta en las líneas de este texto que la sociedad vive para trabajar, producir y consumir, es decir, para mantener vivo un salvaje mundo de consumo. El hombre ha perdido su libertad, el concepto más romántico de su individualismo, su más íntima identidad. Y eso es así porque el poder necesita una sociedad manipulable. Una sociedad con valores, una sociedad crítica, una sociedad culta, una sociedad conocedora de su historia, una sociedad protegida por la Ley, una sociedad que reclama con rotundidad sus derechos, será siempre una sociedad peligrosa para cualquier poder que se sustente sobre el autoritarismo.
Creo que el hombre, ahora más que nunca, debe esforzarse en ser, en recobrar su esencia, en nadar contra el oropel y bucear en busca de su espíritu, "ese aliento -como reza el Manifiesto- por el que los hombres se afirman como hombres y no sólo como entidades orgánicas". Es hora de que nos despeguemos de esta brutal sociedad, aparentemente informada pero donde reina la más fría incomunicación y donde las verdades más transcendentes para nuestro desarrollo personal se callan, cuando menos, con el desprecio o la indiferencia. Es hora de que el ser humano tome consciencia de lo que es -no por lo que tiene- y de lo que persigue, de su destino.
Escuchábamos ayer en una grabación a Álvaro Mutis -en torno a este Manifiesto- condenar con la más severa convicción el limbo en el que vivimos. Es cierto y paradójico que esta sociedad, llamada de la información, sea también la sociedad informativamente más condicionada y manipulada por la sociedad de consumo, por el poder. Se habla últimamente de la terrible situación de miles y miles de trabajadores que sufren acoso laboral o mobbing. Las víctimas -como saben- son ninguneadas hasta límites patológicos. Algunas empresas desprecian a la persona que es diferente al grupo, la apartan, la humillan, minan su autoestima hasta que ésta abandona. Quienes padecen este comportamiento laboral no son, ni mucho menos, malos trabajadores. Es más: suelen estar por encima de la media cultural de sus compañeros. Y algo más: quieren pensar con libertad; ejercen, desde esa libertad, la crítica; quieren que se les reconozca como personas, no como piezas de un engranaje vertiginoso y endiabladamente deshumanizado. Se preguntarán ustedes por qué les cuento esto. Por la sencilla razón de que el poder no premia ni la diferencia ni la libertad y porque todos los que queremos sentirnos libres, recobrar ciertos valores, trabajar para ser, alimentar con la belleza de la verdad -parafraseo a Platón- nuestro espíritu, tener como religión -que no se asuste nadie- el arte, padecemos también otra especie de mobbing, un acoso de dimensiones menos dramáticas a corto plazo pero más sutiles. Decía el ilustre filósofo Emilio Lledó, en una reciente entrevista para El País Semanal, que no le gusta el mundo manchado por el miedo, la violencia y la crueldad en el que vive, deplora el olvido al que se somete la educación y encuentra una hipocresía universal en el ejercicio del poder. Y añadía que "en ese zumbido peligroso, en el que resuena el terror, cultivado, a veces, como preparación y justificación de posibles guerras, la existencia se hace infeliz, y la mente, manipulada y angustiada, se empobrece y apenas es capaz de pensar en libertad". "Pensar en libertad": ésa, creo, es una de las necesidades vitales más importantes para el ser humano, porque sólo desde la reflexión en libertad podemos reconocernos y ser, alcanzar nuestro espíritu. Este Manifiesto que "nace -como dice- de la libertad del individualismo" es un excelente ejemplo para actuar en nuestra vida contra esa sociedad materialista que desprecia nuestra identidad y que ha puesto en serio peligro la vida de las generaciones futuras, su desarrollo humano y cultural.
El poeta, como el artista, necesita apartarse para encontrar, buscar en su herida una verdad que transcienda su naturaleza y se haga experiencia universal. La poesía se sostiene sobre algo tan inmaterial, intemporal e imperecedero como la palabra. Sin la palabra difícilmente estaríamos hoy aquí, sin la palabra no habría historia, ni consuelo, ni esperanza, ni memoria, ni Manifiesto. La palabra poética es fuego de la emoción, y la emoción es signo de la verdad. Esta sociedad es una sociedad desapasionada que huye de la palabra, que lee poco y, lo que es peor, que lee mal. Cada año las cifras son peores. No sirven de nada esas oportunistas, más que oportunas, campañas estatales de fomento de la lectura en los colegios. El camino es otro. Hay que alimentar la sensibilidad; enseñar al niño, al joven, a contemplar el mundo con otros ojos; hay que enriquecer culturalmente su entorno más inmediato y dejarle la libertad para encontrar. Eso es lo verdaderamente necesario y lo verdaderamente difícil, porque es lo verdaderamente peligroso para el poder.
Comentaba ayer Luis Racionero que "la espiritualidad empieza donde acaban las palabras", yo diría más bien que las palabras son, de alguna forma, el origen de la espiritualidad, porque las palabras son el espejo de nuestra vida. Su eco nos recuerda lo que fuimos. Con ellas hacemos más nuestra la verdad, la experiencia, el dolor, la belleza... Pensamos con palabras porque el hombre es verbo, lenguaje. No podemos prescindir de ellas porque prescindiríamos del pensamiento, de un orden en el que sostenernos, del espíritu. Si está en peligro el espíritu, está en peligro el verbo.
Que esta sociedad es una sociedad desencantada es algo más que evidente. Y hay desencanto porque no hay futuro, un horizonte visible, un destino anhelado. La progresiva pérdida de valores en la pirámide de nuestra existencia se revela dramática. Todo tiene un precio, hasta lo más sagrado. El mundo se oferta con visceralidad. Se premia al poderoso y se castiga al indefenso. Ésa es la lección y ésos sus terribles efectos. No hay dignidad moral. La fuerza de mercado impera sobre la fuerza de la razón. Y el mercado quiere ocultar sus crímenes con vanos disfraces, vendernos un veneno bajo la apariencia de un elixir. ¡Qué triste resulta convencer a algunos medios de la importancia de tal o cual acto, de tal o cual autor! Les podría contar infinidad de anécdotas sucedidas en este Ateneo. Si el sistema de mercado o el gobierno de turno no le apoya está condenado al más cruel silencio. Y el mercado, como el gobierno, rara vez responden a elevados valores de calidad.
Decía Nietzsche -se menciona en el Manifiesto- que "tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad". El arte verdadero refleja siempre la verdad, no oculta nada, pero la dimensión de esa verdad es tan profunda que sobrepasa nuestros propios límites, nos arrebata, conmueve y salva. Yo estoy convencido de su inmenso poder transformador, pero para ello esta sociedad necesita descubrirlo, ni siquiera hace falta reinventarlo. Es necesario que el hombre se acerque con libertad a sus límites para descubrirse, y el arte -que duda cabe- es un excelente camino de conocimiento interior. Seguro que ustedes acuden con frecuencia y necesidad a museos y exposiciones de pintura. No sé si habrán notado el poco tiempo que la mayoría de la gente dedica a un cuadro. Hagan este pequeño experimento sociológico. Los ven, es cierto, pero parece como si no los contemplaran con profundidad emotiva, como si lo que allí ha quedado reflejado fuera impenetrable. Ven, acaso, la capa de pintura, la materia hermosa que descubre un instante de la historia, pero el alma que vibra en la luz que desprende el cuadro se les escapa... y ahí está el arte -en el gesto, en el aire, en el silencio-, la verdad, la revelación de una experiencia. He puesto el ejemplo de la pintura pero esto se puede hacer extensivo a otras ramas del arte como la poesía o la música. Hace unas semanas -ahondando en este ejemplo- acudí a la excelente exposición que ha organizado la Biblioteca Nacional bajo el título de Arte y poesía. El amor y la guerra en el Renacimiento. Era festivo y la enorme cola de acceso me sorprendió. Después de estar esperando más de una hora, unas azafatas nos informaron de que la muestra se iba a cerrar. Los horarios de exposiciones de la Biblioteca no se correspondían con los de ésta en concreto. Nos dijeron que teníamos poco menos de veinte minutos para ver todo lo que allí había. Nadie protestó. Estoy convencido de que la mayoría ni siquiera vio la exposición, pasó por ella y cumplió su cometido cultural.
La gente pasa por las cosas, no se detiene a saborearlas, no encuentra emociones porque no ha sido educada para descubrirlas. Todo se ha de hacer con rapidez, sin calma. Y en todo hay algo que espera nuestra comprensión. En lo más insignificante respira la esencia del universo, palpita el espíritu de la existencia, pero el hombre corre cegado hacia el dinero, hacia el poder. Necesita ocultar su naturaleza para no ser devorado por la sociedad, cubrir su desnudez con el atuendo de la mentira que -piensa- va a librarle de la muerte. Pero como no sabe ver, la muerte aprovecha la ocasión para adelantar su nombre en la lista.
Este año -como saben- se ha celebrado el centenario del nacimiento de Luis Cernuda. Hemos descubierto, con asombro, que hasta nuestro presidente de gobierno es un lector apasionado -así lo ha confesado públicamente- y un exégeta de la obra del gran poeta sevillano y universal. Mérito no le falta a su asesor por tan literaria iniciativa y por tan descomunal sentido del humor. Los políticos cultivan la mentira -perdonen la generalización; ustedes sabrán establecer las diferencias-, se valen de la mentira -la que les he comentado es de lo más inocente- y de la más oportuna demagogia para salvarse de la quema, para sobrevivir. Lo peor no es esto, sino que esa mentira se ha solidificado a temperatura ambiente y se ha institucionalizado, la aceptamos como parte del juego democrático. Muchos voluntarios se necesitarían ya para limpiar este desastre, para que corriera una ligera brisa de honradez. Cito de nuevo al profesor Lledó por lo reciente de sus declaraciones: "Es terrible pensar que estemos en manos de semejantes individuos, que sólo obedecen a los peores intereses y a los miserables lacayos que los ofuscan". Les digo esto -y lamento entrar en el tema de la política- porque creo que hay que empezar a exigirles lo que, en principio, por naturaleza democrática nos corresponde: responsabilidad. La política vive de la sociedad de consumo y todo aquello que no renta políticamente no interesa, por eso no interesa la educación, digan lo que digan, que es la base de la libertad y del pensamiento. Hay que exigirles educación y libertad para vivir y pensar.
He mencionado a Cernuda porque fue un exiliado mucho antes ya de escapar de España, y como exiliados en nuestra propia tierra estamos también todos los que huimos de esta absurda, cruel y fea sociedad. Sin libertad no hay desarrollo. Debemos recuperar nuestro individualismo y nuestra identidad: ese, creo, es el mensaje más positivo del Manifiesto contra la muerte del espíritu.No quiero acabar mi intervención -mis compañeros tienen cosas más interesantes que contarles, y luego, les recuerdo, habrá un debate- sin leerles los últimos versos del poema "A un poeta futuro" de Cernuda, donde su espíritu se ha hecho palabra:
Cuando en días venideros, libre el hombre
Del mundo primitivo a que hemos vuelto
De tiniebla y de horror, lleve el destino
Tu mano hacia el volumen donde yazcan
Olvidados mis versos, y lo abras,
Yo sé que sentirás mi voz llegarte,
No de la letra vieja, mas del fondo
Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
Que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y habré vivido.